Dental Tribune Latin America
En los próximos artículos, el autor analiza las medidas que se deben adoptar para evitar los estragos de esta pandemia en la profesión odontológica. (Foto: Claudio Schwarz | @purzlbaum / Unsplash)

Los tres escenarios de la pandemia

El Profesor David Suárez Quintanilla evalúa tres posibles escenarios que nos puede dejar la pandemia del coronavirus, para lo cual analiza con precisión las condiciones sociales y políticas actuales y los retos a los que se enfrenta la profesión.

  LA ODONTOLOGIA EN TIEMPOS DE CORONAVIRUS  

"El peor escenario es que el virus, éste y otros sucesivos, se queden entre nosotros sin producir defensas en la población y vivamos entre picos de brote y remisión; sería un auténtico desastre, solo superado con un virus más letal

No es fácil hablar de esta pandemia sin recurrir a la especulación, la repetición o el pleonasmo. Ningún odontólogo en el mundo podía pensar, ni en el peor de sus sueños, una situación de crisis global como esta.

Estamos entre los colectivos más afectados económicamente, tanto por la manera de ejercer nuestra actividad profesional, la distancia de trabajo, el uso de aerosoles, el instrumental y los potenciales fómites, como por el carácter electivo de las técnicas dentales más comunes (y que caen más de un 90% en el ámbito privado). El mundo dental mueve una ingente cantidad de dinero y una gran parte deriva de tratamientos motivados por la estética de la sonrisa (ortodoncia, carillas, implantes o prótesis) no imprescindibles en tiempos de profunda crisis (donde la selección natural inunda las consultas de urgencias y tratamientos rutinarios de bajo coste). En nuestra envejecida población (con la natalidad, aquí en Galicia, por debajo del 7% y con solo siete municipios donde los nacimientos superan a las defunciones), la incidencia económica de la pandemia en nuestra profesión auguro será una catástrofe por el temor del grupo de riesgo etario a entrar en las clínicas.

Es cierto, sin embargo, que la odontología siempre ha tenido unos altísimos estándares de desinfección y esterilización, y que se han superado sin problemas pasados miedos a que la clínica dental fuera foco de contagio o transmisión de la hepatitis o el SIDA. Por tanto, lo primero que hay que hacer es tranquilizar a nuestros pacientes presentes y futuros, y en este sentido tanto el Consejo General como los diferentes colegios de odontólogos lo están haciendo bien. La televisión, al menos los reportajes que yo he visto, está transmitiendo un mensaje tranquilizador: que el 95% de las clínicas legales de odontología estarán perfectamente equipadas y protocolizadas para recibir ya a sus pacientes, distando mucho de otros establecimientos no sanitarios, o al menos no regidos por licenciados en medicina u odontología, donde te hacen lo mismo la manicura, una depilación de las partes íntimas, una dilatación de algún agujero de tu anatomía o del lóbulo de la oreja o un fantástico piercing en el labio o la lengua. Es un buen momento para marcar diferencias y que sea el usuario, debidamente informado, el que asuma los riesgos de ir a uno u otro sitio.

Los profesores se dividen en dos, los que cobran por enseñar y los que enseñan para cobrar. Esto también va a ocurrir con la caída de la rentabilidad de las clínicas dentales, no será lo mismo “aguantar” por el cariño a tus pacientes y tu profesión, que cerrar porque el negocio que has montado, como empresario, no como dentista, y que igual podría ser una cafetería o un bingo, ya no te es rentable. No hace falta ser John M. Keynes para pronosticar que esta crisis será la puntilla de varias franquicias. Por eso me ha parecido disparatada, eso sí muy francesa, la campaña en que varios odontólogos del país vecino aparecían como dios los trajo al mundo en sus sillones dentales (ya decía Andy Warhol que todo el mundo tiene derecho, al menos, a 15 minutos de gloria en su vida en la televisión) para protestar frente al gobierno francés por su falta de protección.

A nadie se le escapa que la situación es grave y excepcional y que esta excepcionalidad guarda su verdadero significado etimológico (exceptionalis: sacar de la regla general) y nos sume en la incertidumbre. Y esto es lo malo y lo bueno, o mejor, lo menos malo. Se compara la crisis económica con la postguerra y todo está lleno de negros augurios (aquí no tengo más remedio que referirme a Noam Chomsky cuando habla de cómo las noticias catastróficas televisivas con las que se despierta el americano medio, las breaking news de la CNN, son utilizadas para poder suavizar el impacto de otras malas noticias más dependientes de la mala gestión del gobierno); es cierto en parte este mal pronóstico (caída del PIB y subida del desempleo histórica en un solo mes), pero el dinero no se ha ido o era inexistente como en otras crisis (la crisis de los tulipanes en Holanda en el siglo XVII, la del 29 o la más reciente de Lehman Brothers) ni se ha destruido por bombarderos sistemáticos de nuestros aeropuertos, vías de comunicación y fábricas. Veo muy difícil aún aventurar el futuro mediato, el inmediato todos nos lo imaginamos y lo vamos a sufrir, y va a depender mucho del comportamiento del virus.

"Esta crisis ha realizado una magnífica ortopantomografía de la sociedad y sus carencias y una nítida y detallada radiografía de algunos políticos

Antes de hablar de los tres escenarios que veo de la pandemia en España, me gustaría hacer un pequeño análisis sobre lo que ha hecho de esta crisis una situación tan desastrosa. La etimología de la palabra desastrosa viene del griego dis-aster (sin-astro), refiriéndose a tener mala estrella o mala suerte. Esta es la primera consideración que me niego a aceptar: no ha sido cuestión del mal hado escrito en las estrellas. Nuestra cultura científica, hoy elevada casi a religión, es lo más opuesto al predeterminismo griego, a ese mundo donde el hombre estaba regido por su destino o factum y del que no podía escapar (como dejó claro el gran Sófocles en Edipo Rey). Por eso, no entiendo lo que ha pasado, especialmente en España, con esta ininterrumpida cadena de errores cuyo resultado en muertos es la misma que si tuviéramos la sanidad pública de algún país en vías de desarrollo (de hecho, a algunos de estos le va mejor). Evidentemente, soy de los que cree firmemente que ninguna ideología ha asesinado y hecho sufrir más a la humanidad que el socialismo a secas, el estalinista, el maoísta, el polpotista, el chavista o el coletista, pero reconozco que, en esta pandemia, los primeros y principales culpables son los asesores científicos y los médicos (epidemiólogos, microbiólogos, virólogos), que no se han enterado de nada (y esto lo mantengo delante de cualquiera); y en segundo lugar, el sistema sanitario público, muy preocupado en hacer grandes trasplantes y medicina espectacular, olvidándose de la atención médica más básica y haciendo que el personal de plantilla tuviera que actuar heroicamente, como si fueran de Medicus Mundi, trabajando precariamente y de urgencia en algún lugar perdido de África afectado por una pandemia. Menos aplausos y chorradas y más reconocer económicamente a los médicos, con salarios más altos y claramente diferenciados, por su responsabilidad, del resto del personal sanitario.

Esta crisis ha realizado una magnífica ortopantomografía de la sociedad y sus carencias y una nítida y detallada radiografía de aleta de mordida digital de algunos políticos. Nada nuevo bajo las estrellas en la valoración del presidente (vacío e inseguro por dentro, como una gran caries, como todos los narcisistas), el vicepresidente Iglesias (una cosa es predicar y otra dar trigo, ya lo dice el sabio refranero español) y los independentistas vascos (bueno, por lo menos ahora ya no chantajean con muertos) y catalanes (con Torra, heredero de las ideas del Dr. Bartomeu Robert, a la cabeza). Por otro lado también ha quedado patente el trabajo abnegado de tantos médicos, personal sanitario, cuerpos y fuerzas de seguridad y, en especial, del ejército de España. Espero que esta crisis sirva para que los españoles, de una vez, y sin tonterías (creo que no hubo muertos y muertas ni contagiados y contagiadas en los comunicados gubernamentales, algo vamos aprendiendo) sirva para definir el proyecto que queremos para España y que debemos de decidir entre todos los españoles.

Veo, sin tener ni idea de esto, tres escenarios. El peor, que el virus, éste y otros sucesivos con sus correspondientes mutaciones, se queden a vivir entre nosotros sin producir defensas generalizadas en la población y vivamos entre picos de brote y remisión; sería un auténtico desastre, solo superado con un virus más letal. El mejor, que se consiga una vacuna con un grado suficiente de eficiencia y, además, que disminuyan prácticamente a cero los contagios, quedando la crisis del Coronavirus como una nueva experiencia histórica, con sus consecuencias económicas, sociales y psicológicas. Un escenario intermedio donde existirán, de éste u otros virus, brotes localizados que se podrán tratar muy eficientemente con medidas como el aislamiento focalizado; pero el peligro seguirá ahí, lo que nos obligará, de por vida, a extremar las medidas contra el contagio en la clínica. Soy optimista y creo que tras un año duro, con un posible repunte en otoño, la situación se va a controlar y normalizar y, ahora sí, las autoridades sanitarias contarán con los protocolos y el material necesario para tratar de manera rutinaria cada brote.

A diferencia del aislamiento sufrido por la población en otras épocas y circunstancias, como las guerras, donde el único hilo de conexión exterior era la radio, esta experiencia global ha contado con el alivio de las redes sociales. Muchos compañeros, yo entre ellos, hemos impartido cursos y webinars gratuitos a diferentes países, y los dentistas e higienistas han aprovechado para formarse vía on-line, y muchos o lo han descubierto por primera vez o se han familiarizado con este magnífico sistema de enseñanza. WhatsApp, Zoom, Facebook, Instagram y otras aplicaciones han ayudado a hacer grupos de amigos o colegas, discutir temas profesionales o dar opiniones de cómo debemos de actuar en nuestra clínica. Las instituciones colegiales han elaborado recomendaciones y protocolos a seguir para la seguridad de nuestras clínicas ante el SARS-CoV-2 que han encontrado una magnífico canal de difusión y discusión (muy importante) en estas redes. Es cierto que han existido bulos y noticias pseudocientíficas sobre la etiología del virus, pero han sido las menos.

En próximos artículos pasaré a analizar cómo esta pandemia va a afectar a la Ortodoncia y su ejercicio profesional y las medidas que debemos adoptar bajo el criterio de la ciencia y del sentido común. No nos pueden exigir que nuestra clínica sea la NASA porque de lo contrario se pondría en riesgo la supervivencia de la mayoría de las clínicas de ortodoncia y gran parte de los tratamientos se realizarían en el futuro inmediato con alineadores poliméricos con memoria de forma que las empresas (no nosotros) mandarían, totalmente esterilizado, a casa del paciente, limitando las visitas de éste a nuestra clínica a la toma de registros digitales, la colocación de ataches y el stripping. Ojalá, una vez más, me confunda.

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Algunas veces se gana y otras, se aprende, le repito a mis hijos. Fracasar es el paso más seguro para después triunfar, incluso para disfrutar más del triunfo. Necesitaríamos un Thomas Kuhn para que nos hablara de los futuros paradigmas de nuestra nueva sociedad. Esta crisis, y su cadena de fracasos, nos ha dejado claro a todos, sin necesidad de credos religiosos o políticos, que somos 7.700 millones conviviendo en este pequeño planeta, que no es más que un grano de arena de cualquiera de nuestras playas de Galicia, girando a velocidad de vértigo alrededor del sol y del centro de nuestra Galaxia; estamos solos y es lo único que tenemos: unos a otros para querernos y ayudarnos y un planeta único, que nos está dando un primer aviso con esta pandemia, que debemos de cuidar.

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El Profesor y Doctor David Suárez Quintanilla es catedrático de Ortodoncia de la Universidad de Santiago de Compostela, España. Visite su página web en dsqtraining.com.

 

 

 

 

 

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