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El arte de curar en la era digital

Incorporemos toda la tecnología digital y virtual posible a nuestra clínica, pero no perdamos el contacto directo con el paciente o pasaremos a ser una profesión prescindible en la que los fabricantes se comunicarán directamente con los pacientes sin nuestra intervención.

sáb. 15 enero 2022

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El Dr. David Suárez Quintanilla reflexiona sobre el futuro de la Odontología en este ensayo en el que describe los múltiples cambios y peligros que acechan a los profesionales. Pero también nos ofrece una acertada solución: el desarrollo de un verdadero humanismo en la consulta, basado en reforzar el trato personal con el paciente y en volver al antiguo arte de curar, ese en el que las palabras del médico tienen un potente efecto sobre su curación. Se trata de utilizar toda la tecnología digital y virtual posible en nuestra clínica, pero sin perder nunca el contacto directo con el paciente. De lo contrario, los fabricantes establecerán una relación directa con los pacientes, a quienes realizarán los diagnósticos y prescribirán los tratamientos, y la revolución digital nos dejará obsoletos.

El poco optimismo que nos queda nos ayuda a vislumbrar el final de esta traumática pandemia y hacer una clara apuesta por una vuelta a la antigua normalidad; los últimos datos son esperanzadores, a pesar de encontrarnos en el punto álgido de contagios de esta nueva ola, convertida ya en tsunami, y más si hacemos una especie de epidemiología comparada entre países y en distintos momentos históricos (final de la pandemia de la Gripe Española de comienzos del Siglo XX). Estamos en un período de futurología donde los más pesimistas pintan oscuros nubarrones en el horizonte de una pandemia infinita y los más optimistas garantiza una vuelta a la normalidad, un restituio ad integrum, en pocos meses.

No resulta sencillo adivinar qué va a quedar y qué va a desaparecer tras este infructuoso período, y que quedará en el inconsciente social de los hábitos y costumbres impuestas por el confinamiento y las restricciones; en todo caso, es momento de reflexionar y comparar las pasadas predicciones de unos y otros (epidemiólogos, médicos, investigadores, sociólogos, filósofos, políticos) con lo que realmente ha ocurrido y va a ocurrir.

El papel de las vacunas

Igual que la palabra vacuna representa lo mejor de este período (palabra del año para la Fundación del Español Urgente y la Real Academia de la Lengua), por ser sinónimo de esperanza, el nombre que mejor define el actual estado de la sociedad es hastío, entendido en su acepción etimológica de repugnancia hacia los condicionantes a la normal convivencia. Vacuna es la palabra del año, y lo es por ser síntesis de muchas cosas, pero sobre todo por la comunión de los ciudadanos con lo que se conoce como Medicina Basada en la Evidencia y los progresos tecnológicos de ella derivados. Hasta el individuo menos documentado ha podido comprobar de primera mano, y sin moverse de su televisor, la increíble carrera científico-empresarial que ha representado la génesis, síntesis, fabricación, distribución y aplicación de las vacunas, una carrera contrarreloj sin poner en peligro las reglas básicas de la investigación o la ética de la experimentación con humanos.

“La creación de vacunas ha demostrado que no hay otro camino para el progreso que la investigación que sigue una metodología científica unida al desarrollo tecnológico”.

La creación de vacunas ha demostrado que no hay otro camino para el progreso que la investigación atenida a la metodología científica unida al desarrollo tecnológico (también producto de la ciencia, la ingeniería y el diseño industrial) y que han de quedar excluidas, de situaciones sanitarias tan comprometidas como las que todos hemos pasado, las llamadas medicinas paralelas/alternativas, desde la homeopatía a la medicina holística pasando por todo tipo de placebos o simplemente engaños. La sociedad ha palpado tan directamente la ciencia y sus inmediatos y predecibles resultados, su causalidad, que ha relegado las plegarias y procesiones de épocas pretéritas, sin olvidar que el objetivo de la relación médico-paciente es, progresivamente, curar, cuando no se puede, aliviar, y en el peor de los casos, consolar. Es verdad que no debemos de caer en la nueva religión del cientificismo, de la exclusión de toda realidad no demostrable, pero sí poner a la ciencia en el lugar que se merece ante tanta charlatanería o el esnobismo antivacunas.

No tengo miedo a sumarme al fracaso predictivo que ha unido en un mismo club a epidemiólogos, vulcanólogos y economistas, y, por tanto, voy a aventurarme a afirmar que la salida económica y emocional de esta crisis va a ser tan vertical, tan en “v”, como su entrada, y tan pronto se reinicie la actividad normal en sectores claves ligados a nuestra vida de relación (turismo, hostelería, ocio nocturno) y nuestros hábitos emocionales (frenados en seco por la distancia de seguridad y la mascarilla), las cosas van a experimentar un giro social copernicano. Incluso la numerología cronológica ayudará a establecer paralelismos, si las materias primas y la inflación nos lo permiten, con aquellos felices años 20, previos a la crisis del 29. La parte negativa será olvidar las lecciones de solidaridad y de respeto a la naturaleza (sea en forma de virus, calentamiento global o derramamiento de petróleo por el Prestige) aprendidas, pero no aprehendidas durante la pandemia. La mente humana está preparada para el optimismo y la esperanza, y olvida lo negativo con rapidez y demasiada frecuencia.

El futuro de la Ortodoncia

Respecto a mi especialidad, la Ortodoncia, la pandemia ha supuesto un momento histórico de modificación de paradigmas potenciado por la concatenación sinérgica del cambio de la sociedad, la tecnología y la crisis de las empresas del sector. Esta pandemia, y ojalá me equivoque, ha sido la puntilla para los fabricantes tradicionales de brackets y alambres, que ya venían sufriendo el acoso del comercio on-line por fabricantes asiáticos de dudosa calidad pero de coste ridículo; la masiva aceptación de los alineadores

La pandemia es un momento histórico de cambio de paradigmas que los dentistas tienen que saber aprovechar, adaptando su clínica a las circunstancias actuales.

por los adultos y adolescentes, y el convertirse éstos en objeto de deseo y símbolo de estatus, frente a los brackets, unido a la desproporción en la rentabilidad empresarial de unos y otros, están definiendo el futuro de nuestro ejercicio profesional, como ya he apuntado en diferentes artículos (ver enlaces debajo) en esta misma revista (y para muestra un botón: la desaparición de la compañía otodóncica GAC de Dentsply Sirona).

Vamos hacia un nuevo modelo, tanto del ejercicio como de la manera de entender la ortodoncia, un modelo digital y virtual muy acorde con este mundo cambiante, relativista, superfluo e hiperconsumista que nos ha tocado vivir, donde, al menos en el componente cosmético de la ortodoncia, la relación médico-paciente está siendo sustituida por la del prestador de servicio-cliente; el control on-line a distancia del tratamiento (Dental Monitoring) y las tiendas a pie de calle de venta de alineadores, van a ser el pan nuestro de cada día.

Los verdaderos especialistas, por tanto, hemos de potenciar la parte más médica y sanitaria de nuestra especialidad, su relación con la función, la articulación temporomandibular, la respiración, el sueño, la capacidad cognitiva del niño o su autoimagen. Olvidemos las marcas de alineadores y los títulos obtenidos en base a comprar más o menos plásticos, seamos nosotros mismos nuestra imagen de marca; los pacientes han de escoger nuestra clínica por nuestra profesionalidad, amabilidad, empatía y dominio de las distintas técnicas para tratar maloclusiones, desde las más simples a las más sofisticadas; seamos eficientes (lo que incluye tratar maloclusiones con los aparatos y técnicas más fisiológicas, rápidas y económicas). Al paciente no le preocupa cuánto sabe usted, sino cuánto se preocupa usted por él y su problema. Si ponemos la marca por delante de nosotros, si reducimos nuestro trato con el paciente, gracias a la telemedicina e internet, éste buscará la marca, no a nosotros, y se quedará en la clínica donde le ofrezcan el tratamiento más barato. Incorporemos toda la tecnología digital y virtual posible a nuestra clínica, pero no perdamos el contacto directo con el paciente o pasaremos a ser el factor prescindible de la ecuación entre el fabricante y el paciente.

“Seamos nosotros mismos nuestra imagen de marca. Al paciente no le preocupa cuánto sabe usted, sino cuánto se preocupa usted por él y su problema. Los pacientes han de escoger nuestra clínica por nuestra profesionalidad, amabilidad, empatía y dominio de las distintas técnicas”.

Hemos dejado atrás la postmodernidad, la sociedad de las grandes utopías y revoluciones, de los valores inalienables. Cada individuo hoy tiene un ego hipertrofiado y se cree con derecho a reclamar a un Estado que con una mano promete y con la otra dibuja un incierto panorama económico. Muchos problemas actuales (desde las vergonzosas cifras de desempleo juvenil al desbocado consumo de ansiolíticos, antidepresivos o fármacos para conciliar el sueño, pasando por la aterradora cantidad de suicidios) obedecen a la frustración, especialmente en los más jóvenes, a la discrepancia entre lo prometido por los políticos y la realidad de cada cual en sus expectativas vitales.

Es cierto que el 50% de los trabajos actuales no existirán dentro de 25 años y que aún no existen el 50% de los trabajos que habrá dentro de cinco lustros. El ritmo frenético y exponencial del cambio nos obliga, a los profesionales de la odontología, a reinventarnos cada poco, y no todos los profesionales, por edad o tipo de personalidad, aguantan la tensión y ven abrirse bajo sus pies un abismo (puede que seas el mejor dentista del mundo, pero un día te levantas y tu mundo ya no existe). Nunca aquella pintada de la Sorbona del mayo del 68 fue tan real: “Que paren el mundo, que me quiero bajar”.

Siempre acabo hablando de Ortega y Gasset porque la evolución de la sociedad me lleva a venerar su figura y sus predicciones y hacer más presente que nunca la figura del hombre masa. La pandemia es un hecho biológico, no filosófico, y aunque Martin Heidegger ya nos prevenía sobre la tendencia de los filósofos a profetizar, durante la pandemia aparecieron las predicciones agoreras de filósofos como Byung Chul Han o del incombustible Noam Chomsky, sobre la huida hacia delante de una sociedad alocada que recuerda el diálogo entre Groucho y Chico:

Groucho: Vamos, Ravelli, ande un poco más rápido.

Chico: ¿Y para qué tanta prisa, jefe? No vamos a ninguna parte.

Groucho: En ese caso, corramos y acabemos de una vez con esto.

La comunicación digital es unidireccional y está en directa conexión con una economía consumista que crea el espejismo, la ilusión, de que más capital genera más vida, mayor capacidad para disfrutar y vivir. Como dice Byung-Chul Han, “la locura por ser sano surge cuando la vida ha quedado desnuda como una moneda y vaciada de todo contenido narrativo. Hoy el capital lo somete todo. ‘Lifetime value’ significa la suma de los valores que se pueden obtener de un hombre considerándolo como cliente si se comercializan todos los momentos de su vida”. 

No se trata de dividir el mundo entre un antes y después de la pandemia, pero ha sido un acontecimiento mundial que hace flexionar el hilo de la historia y lanza un mensaje unívoco, como lo hicieron los atentados del 11 de septiembre en EE UU o del 11 de marzo en Madrid; un mensaje que pone de manifiesto nuestra fragilidad como individuos y las carencias de nuestra sociedad como sistema organizado y garante de un futuro con un mínimo de seguridad.

Las víctimas de la revolución digital

Parte de la angustia y ansiedad, hoy palpable en la sociedad, es una respuesta a esta nueva situación de inseguridad en un mundo altamente tecnificado. Como era de esperar, y predije en mis primeros artículos sobre el tema en Dental Tribune, la pandemia ha traído a la superficie lo mejor y lo peor de cada individuo, ha sido una mezcla de tamiz y vaso de precipitados social. Donde no ha llegado el virus, ha mandado recado, y a la catástrofe sanitaria inicial, con cifras aún hoy desconocidas, se ha unido una crisis económica que se va a prolongar en el tiempo por la concatenación de otros factores dependientes de la escasez de materias primas, la presión del nuevo dúo China-Rusia sobre la economía y la repercusión sobre el ciudadano de las tasas empresariales anticontaminación.

La pandemia nos ha enseñado que la palabra solidaridad no solo hace referencia a la adhesión o apoyo a las causas e intereses ajenos, sino a nuestra propia supervivencia como humanidad. Además de la muerte, el dolor y el sufrimiento, la pandemia fue un reseteo social, una puesta a cero del contador de nuestros valores, deseos y anhelos que ojalá sepamos aprovechar. No creo a pies juntillas la idea del punto omega de Teilhard de Chardin, pero me parece atractiva en cuanto a que la humanidad, sea o no con un fin teleológico, se dirige hacia un destino común solidario consigo misma y el planeta, y que en este camino ha de sufrir, como tal humanidad, vicisitudes que la hagan reflexionar.

“El escáner intraoral, la máquina o el software más sofisticado de nuestra consulta no le pueden dar al paciente la confianza que le ofrece el odontólogo”.

De ninguna manera atribuyo causas sobrenaturales a esta epidemia, las pasadas o las que han de venir, solo digo que hemos de aprovechar estos desgraciados experimentos de la naturaleza para tomar un respiro en el alocado ritmo de nuestras vidas y reflexionar sobre lo que de verdad importa, que suele ser, como nos recordaba Saint-Exupéry en “El Principito”, invisible a nuestros ojos.

El desarrollo de las vacunas ha demostrado directamente a toda la sociedad los resultados de la ciencia, de la Medicina Basada en la Evidencia, que ha logrado la protección contra un virus letal.

El encierro ha supuesto una nueva experiencia para muchos al tener que de verdad convivir 24 horas con su pareja, sus hijos o consigo mismo, y por un tiempo prolongado. La ansiedad, depresión y angustia de muchos solo fue superada por una epidemia de aburrimiento, producto no del confinamiento, sino de la falta de interés de sus mentes y pensamientos. En 1654, Blaise Pascal ya había apuntado que “todos los problemas de la humanidad se deben a que el hombre es incapaz de permanecer callado en una habitación”.

No debemos subestimar el fortalecimiento del control estatal que ha traído la pandemia al inconsciente colectivo y que puede tener tintes preocupantes con el 5G, el 6G y la inteligencia artificial. Como ciudadanos libres y en aras al respeto individual, no debemos dejarnos controlar ni por un estado omnímodo ni por las crueles leyes del mercado, donde tanto tienes, tanto vales; los medios de comunicación social, las redes y la combinación del 5 y 6G se lo van a poner fácil al nuevo Leviatán hobbiano, y no soy dado a ideas conspiranoicas.

Las lógicas medidas restrictivas antiinfecciosas, las nuevas normas sociales y el control digital y telemático de los individuos ha de estar acotado a la estricta necesidad sanitaria, y no debe ni puede haber un control de las personas fuera de este ámbito de protección directa de la salud, como tampoco deben las minorías peculiares tratar de imponer unos teóricos derechos estrafalarios a la mayoría.

Debemos de reforzar el trato personal con el paciente y volver al antiguo arte de curar donde las palabras del médico ejerzan un potente efecto placebo sobre su curación”.

Tras el paso de la parte más virulenta y mortífera de la pandemia, la sociedad ha de reflexionar y actuar para ser mejor. Ni por un momento los dentistas, como colectivo, se mostraron incrédulos frente a la agresividad del virus o el riesgo de contagio mutuo en una relación de atención sanitaria tan estrecha como es la nuestra. En los diferentes foros en que interactué en esos momentos iniciales nunca me encontré incrédulos frente a los riesgos de contagio o suspicaces sobre la necesidad de encontrar cuanto antes una vacuna eficaz. Decía Andy Warhol que todo el mundo se merece al menos quince minutos de fama, y los que no tienen otra manera de destacar o de conseguirla, recurren a la excentricidad en sus hábitos de vestir, alimentación, sexuales o a un comportamiento absurdamente opuesto al de la mayoría, se trate de ser vegano radical, trisexual o antivacunas; llamar la atención es su única posibilidad para salir de un merecido anonimato.

La revolución digital se va a cobrar muchas víctimas y destruir muchos puestos de trabajo, como lo está haciendo la compra on-line con los pequeños comercios del barrio. La odontología no va a ser ajena a este cambio radical y me cuesta aventurar cómo será nuestra práctica profesional dentro de pocos años. Pocas profesiones no creativas o aquellas donde la relación personal no sea transcendental se van a salvar de la quema.

Por ello, debemos de reforzar el trato personal con el paciente y debemos volver al antiguo arte de curar donde las palabras del médico ejerzan un potente efecto placebo sobre su curación. El placebo, en esta íntima relación, no es un engaño sino que tiene un efecto salutífero al estimular las defensas que todos tenemos, de manera natural, en nuestro cuerpo. La palabra confianza nos habla etimológicamente de con (junto a), fides (fe y lealtad) y el infinitivo -are, cosa que el escáner intraoral, la máquina o el software más sofisticado de nuestra consulta no puede dar. Utilicemos nuestra tecnología para reforzar nuestra relación íntima y unívoca con el paciente, no para sustituirla. El éxito de nuestra clínica, en estas horas de futuro tan incierto, depende de ello.

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El Dr. David Suárez Quintanilla, autor de libros como "Ortodoncia. Eficiencia Clínica y Evidencia Científica” y “Pienso, luego resisto”, es catedrático de Ortodoncia de la Universidad de Santiago de Compostela, España, y vicepresidente de Ortodoncia de IADR. Visite su página web en: dsqtraining.com.

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