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ROSTROS Y DIENTES
El día que Dios creó la belleza

La espiral del nautilus evoca el orden matemático que se esconde en la naturaleza.

mar. 17 noviembre 2026

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Dios creó la luz, los mares, la tierra, los animales y al ser humano. Pero ¿en qué día creó la belleza?

 

O, siendo un tanto insolente, ¿fue Dios o fue el ser humano quien la inventó?

Volvamos al Génesis. Si fuimos creados “a su imagen y semejanza”, ¿no significa eso que somos bellos de por sí? Entonces, ¿por qué nuestra percepción de la belleza cambia tanto entre culturas, épocas e incluso entre personas de una misma sociedad?

Si todos somos bellos, ¿por qué insistimos en perseguir los cánones heredados de griegos y romanos, o en buscar las claves de una supuesta perfección escondida en la naturaleza?

Y, ¿qué papel desempeña el dentista en esta búsqueda?

En el terreno de la estética, no todos jugamos con las mismas reglas. Desde la Antigüedad, filósofos, artistas y matemáticos han intentado explicar por qué determinadas formas nos parecen más armoniosas que otras. Algunos buscadores de la belleza creyeron encontrar una fórmula secreta.

 

“La armonía de una sonrisa no cabe en un algoritmo”.

 

La proporción áurea, también llamada divina proporción, está representada por el número phi (φ), aproximadamente 1,618. Es una relación matemática en la que el todo guarda con su parte mayor la misma proporción que con la menor.

La fascinación por esta relación alimentó la idea de que la belleza podía responder a un orden universal, presente en la naturaleza, el arte y el cuerpo humano. En pleno Renacimiento, Luca Pacioli contribuyó a difundirla con su obra “De divina proportione”, publicada en 1509 e ilustrada por Leonardo da Vinci.

En odontología estética, la proporción áurea ha servido como referencia para estudiar la relación visual entre los dientes anteriores, esos que ahora conocemos como “the social six”: los seis dientes anteriores superiores, de canino a canino, los más visibles al sonreír. Y en muchos casos ha servido, sin duda para mejorar esta relación.

Pero la armonía de una sonrisa no cabe en una ecuación: la anatomía, la expresión facial, la personalidad y las diferencias individuales desafían cualquier fórmula universal.

Durante siglos, en Japón, ennegrecerse los dientes —práctica conocida como “ohaguro”— expresaba belleza y posición social. Hoy, en cambio, las redes sociales exhiben una sucesión interminable de sonrisas grandes, perfectamente alineadas y de blanco imposible. Si ambos modelos han sido admirados, ¿en cuál reside la belleza verdadera?

Versión en color (arriba) y en blanco y negro (debajo) de la espiral construida con cuadrados de Fibonacci que ilustra una aproximación geométrica a la proporción áurea, representada por el número phi (φ).

 

Sonrisas que cambian

Esa es una de las preguntas que plantea el odontólogo brasileño Sidney Kina en su ensayo “Conceptos contemporáneos de estética dental: ¿existen?”, incluido en el libro “Rostros y dientes, decoraciones dentales en la antigüedad”. Me parece una pregunta que también debe plantearse en las consultas.

El Dr. Kina, que impartió cursos de formación en odontología estética en New York University, nos recuerda que las proporciones anatómicas, las medias estadísticas y las fórmulas matemáticas pueden orientar el diseño dental, pero no garantizan un resultado bello.

La percepción estética depende además de la cultura, la época y la persona que la observa. Su investigación del “ohaguro” japonés, los “dientes yaeba” o la llamada “sonrisa de Cape Flats” demuestra hasta qué punto una modificación que a unos les parece atractiva puede resultar desconcertante para otros.

 

“El problema comienza cuando confundimos una preferencia cultural con una ley estética universal”.

 

En su ensayo sobre los conceptos contemporáneos de la estética dental, Kina desarrolla una reflexión que une técnica y filosofía.

De hecho, recupera una idea muy relevante y poco discutida actualmente: el concepto de Alexander Baumgarten de la estética como una forma de conocimiento percibido a través de los sentidos. No estamos hablando solo de medidas, sino también de percepción, memoria y convicciones.

Kina lleva el argumento a una conclusión provocadora que afirma que “Somos tan bellos como nuestras creencias y convicciones”. Su defensa del respeto que merecen estéticas diferentes no elimina la responsabilidad clínica.

Al contrario, obliga a explicar mejor qué puede hacerse de forma segura en el sillón dental y a escuchar qué desea expresar cada persona con su sonrisa.

Sección de una concha de nautilus que muestra sus cámaras internas en espiral, junto con la secuencia de Fibonacci, una sucesión matemática presente en numerosos patrones naturales.

 

Mi boca, mis dientes

A mí me interesa especialmente lo que sucede cuando la opinión del odontólogo y la del paciente no coinciden.

Portada del libro “Rostros y dientes, decoraciones dentales en la Antigüedad”, donde aparece el ensayo de Sidney Kina.

Imaginemos a alguien que desea limarse los dientes para conseguir una forma peculiar, como colmillos de vampiro. Al profesional puede parecerle una mala elección estética, pero esa discrepancia no le da el derecho a imponer su gusto. Al fin y al cabo, es la cara del paciente, su boca y sus dientes.

Eso no significa que cualquier intervención deba realizarse sin más: eliminar esmalte sano puede ser irreversible y el consentimiento requiere explicar riesgos, límites y alternativas. Respetar la autonomía del paciente también incluye la posibilidad de rechazar un procedimiento clínicamente injustificado.

Holger y Oliver Goetzendorff, autores de “Rostros y dientes, decoraciones dentales en la antigüedad”, resumen esta cuestión con una observación sencilla durante la entrevista que sostuvimos hace un tiempo.

Los dientes dan forma a las expresiones faciales, explican los autores, razón por la cual las decoraciones dentales han sido importantes en tantas culturas. Esto no es un detalle superficial, ya que modificar una sonrisa puede cambiar también la manera en que alguien se presenta ante los demás.

 

El dentista puede ayudar a construir la sonrisa, pero solo le pertenece a quien la lleva.

 

Pensemos en la distancia entre la antigua costumbre japonesa de ennegrecer los dientes, asociada a belleza y posición social, y la aspiración contemporánea a blanquearlos al máximo.

La materia prima es la misma; lo que cambia es la mirada colectiva. Si aceptamos esa variación histórica, resulta difícil defender que exista un único modelo de sonrisa para todos los pacientes.

La simetría natural del girasol revela un fascinante patrón de espirales asociado a la sucesión de Fibonacci y la divina proporción.

 

La belleza en los ojos de quien mira

El libro de los hermanos Goetzendorff nació de una exposición sobre la belleza maya celebrada en México en 2017, titulada “Mayas, el lenguaje de la belleza. Miradas cruzadas”, y comprendió seis años de trabajo en yacimientos arqueológicos, museos y bibliotecas.

Los ejemplos que citan desmontan cualquier pretensión de universalidad de la belleza. En algunas sociedades se decoraban los dientes con piedras semipreciosas; en otras se practicaban limados rituales.

La obra recuerda incluso el limado dental asociado al rango entre los vikingos. Lo que para un observador actual podría parecer una anomalía era, en otro contexto, una señal cargada de significado.

Quizá el mayor riesgo de la odontología estética actual no sea el exceso de opciones, sino la uniformidad. Si todos perseguimos la misma proporción, el mismo blanco y la misma alineación dental, terminaremos fabricando sonrisas cada vez más parecidas.

El Dr. Sidney Kina, en la imagen durante una conferencia en Expodental Madrid 2026, plantea una serie de interesantes preguntas en su ensayo sobre estética dental.

 

Prefiero pensar que el mejor resultado no es el que obedece ciegamente a una plantilla de diseño de la sonrisa, sino el que armoniza salud, criterio profesional y personalidad. La sonrisa pertenece a quien la lleva. El dentista puede ayudar a construirla, pero solo le pertenece a quien la lleva.

Dios no creó los cánones de belleza. Creó un mundo de formas, rostros y sonrisas diferentes. Fuimos nosotros quienes inventamos las reglas para decidir cuáles merecían ser admiradas.

Y quizá ahí radique nuestra mayor contradicción: llevamos siglos buscando una fórmula universal para explicar la belleza, cuando su verdadera riqueza está precisamente en aquello que nos hace diferentes.

Al fin y al cabo, Dios creó la belleza. Los cánones los inventamos nosotros.

 

Referencias

  1. “Rostros y dientes, decoraciones dentales en la Antigüedad”, sección “El símbolo de la odontología mexicana” (pp. 67–71), de Holger y Oliver Goetzendorff. Editorial privada, 2025. Contacto: oliver@goetzendorff.de
  2. “En busca de la belleza en los rostros y los dientes de la Historia”, Dental Tribune Latinoamérica, 18 de marzo de 2025.
  3. “Las asombrosas decoraciones dentales de la antigüedad”, Dental Tribune Latinoamérica, 25 de junio de 2020.
  4. “Un viaje único por el mundo de la cultura maya”, Dental Tribune Latinoamérica, 7 de marzo de 2023.

 

 

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